
– Dime, ¿es que aquí no puede hablar nadie más que tú? -replicó Schreiber provocándola- ¿Sólo tú tienes derecho a opinar? ¿Es por la veteranía? ¿He dicho yo algo de dinero? ¿No puedo decir que las exigencias del director son exageradas? ¿Acaso no he visto el encuadre?
Beni Meyujas, entre tanto, absorto como estaba e imperturbable ante las voces de su alrededor, miró el monitor y dijo:
– No está lo bastante cerca del borde. No es lo suficientemente aterrador. La quiero exactamente al borde, que dé miedo, que piensen que se va a caer, que haya unos segundos sobrecogedores hasta que se vea que está bien. Sara -llamó a la chica, que estaba allí agachada, abrazando su cuerpo esbelto con los delgados brazos que ahora asomaban bajo las anchas mangas de la capa-, quiero que te acerques al borde…
– Pero así me puedo caer -se incorporó y miró a su alrededor, hasta que sus ojos se encontraron con los de Hagar, que iba hacia ella-. Puedo… -murmuró-, es…
– No tengas miedo, que no te vas a caer. ¿No te acuerdas de que antes, en el ensayo, vimos que no…?
– Hagar -dijo Meyujas volviéndose ahora hacia la productora-, acércala al borde y quédate ahí con ella.
Hagar se tiró del cinturón de los ajustados pantalones vaqueros que llevaba, se abrochó la gabardina, rodeó con sus brazos los hombros temblorosos de la chica, y volvió a subir con ella hacia la improvisada baranda que habían construido a un lado de la azotea para la ocasión.
Beni Meyujas miró más allá de la baranda, divisó las antenas que sobresalían de la azotea y la luna llena que iluminaba el edificio de Los Hilos: el largo y rectangular edificio que en un pasado lejano había albergado una fábrica de hilos, de ahí su chistoso nombre, y que desde entonces había sido remozado con todo tipo de escaleras provisionales y galerías de madera, cuyo suelo chirriaba al pisarlo, plagado como estaba ya desde el aparcamiento de entradas secretas que sólo los más veteranos conocían y utilizaban, además de habitaciones, aulas y hasta unos pasadizos subterráneos que posiblemente desembocasen en el edificio central, cuyo nombre original sólo era recordado por un puñado de personas: la casa de los diamantes.
