
Nadie que se encontrara en la azotea, apoyado en la baranda de hierro pintada de rojo, podía imaginar los tesoros y los rincones que allí lo aguardaban, en
Los Hilos; no sólo el despacho de Tirtsa y los almacenes de los decorados, que ya conocía, sino también un taller de carpintería, los almacenes con el vestuario y hasta un lujoso estudio para programas de entretenimiento y entrevistas; sistemas de iluminación y sonido, y también unos pequeños almacenes bajo las escaleras -de los que sólo los veteranos conocían su existencia- en los que guardaban todo un mundo de sorpresas, y los pasillos donde se encontraban los grandes decorados; entre ellos el de la ciudad natal de Guemula, la protagonista de Agnón, que Tirtsa había diseñado: un pueblo, montañas y rebaños, todo de aspecto casi real…, y unas nubes, el sol y hasta la luna, redonda y amarilla, todo magníficamente dibujado; y la sala que había descubierto Max en sus recientes exploraciones: una habitación tapiada en la planta baja, y que contenía otro mundo al completo; hacía diez años, debido a una avería eléctrica, Max Levin golpeó la pared, oyó un sonido hueco, hizo un agujero, miró por él y se quedó tan sorprendido -a Tirtsa le gustaba contar esa historia siempre que se le presentaba la ocasión- que se fue sin decir nada a nadie y volvió con un enorme pico con el que abrió un boquete; y así fue como apareció la enorme sala donde se grababan los famosos programas de diversión de las tardes de los viernes. Después se supo que en realidad era un antiguo pozo que había abastecido a una mansión alemana, derribada hacía tiempo. Allí montaron un estudio de rodaje y, gracias a Max, también instalaron en el techo los tubos de un sistema de aire acondicionado que sólo él sabía cómo activar.