Una nueva y compleja máquina de montaje -«el último grito», según prometió al departamento de contabilidad cuando entregó el presupuesto y vio la cara de Levi, el responsable, que se había quedado pasmado- estaba guardada allí, en una habitación cerca de la carpintería. Un poco más allá, en las salas destinadas a pintar los decorados, se encontraban las grandes columnas construidas por Tirtsa, unas columnas de mármol que se apoyaban contra la puerta de la sala de iluminación -Tirtsa había propuesto rodar el primer encuentro entre Guinat y Gamzu, los protagonistas de Agnón, en el almacén de los decorados y las paredes de hierro, y así ahorrarse la ambientación en exteriores-. Este espacio, en el que reinaban Tirtsa y Max Levin, el director del departamento de atrezo, siempre llenaba de entusiasmo a Beni Meyujas. Lo que a él le gustaría es poder utilizar todos y cada uno de sus rincones. Había hasta salas para descansar, una de ellas con una foto de gran tamaño de Kim Basinger justo encima del sofá en el que permanecía tumbado la mayor parte del día el rey de los encargados de la escenografía; a aquella sucesión de habitaciones interiores la habían dado en llamar «el campamento de tránsito» y en una de ellas, la más fresca, era donde guardaban los bocadillos y las cervezas. Llevaba treinta años trabajando en la televisión y todavía había en aquel edificio lugares cuya existencia ignoraba. Pero como decía Schreiber en un tono sarcástico, queriéndose hacer el gracioso, ¿qué es un realizador de televisión, sino el último mono? Aunque a Beni Meyujas no le importaba, especialmente ahora, cuando por fin le habían dejado hacer lo que verdaderamente le gustaba. Y además, los únicos que conocían hasta el más recóndito rincón de aquel lugar eran Max y Tirtsa. Y Tirtsa… muy agobiada últimamente, llevaba una semana entera sin querer hablar con él de nada absolutamente, ni para bien ni para mal.


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