
– Me han dicho que usted… que usted es el responsable de…
Michael asintió.
– Perdone que le moleste con nuestras cosas, ya sé que no es ni el momento ni el lugar, pero hay mucha gente que depende de esto, y yo tengo que… Es un asunto de programación… Queríamos empezar mañana por la mañana con la reforma y yo tengo que saber… más o menos… qué decirle al capataz. Tenemos mucho… No importa, se podría saber, más o menos… es decir… sin ningún compromiso… cuánto tiempo pasará hasta que podamos… -volvió a carraspear-. ¿Van a prohibir la entrada? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que podamos empezar con el trabajo? Es decir, ¿estamos hablando de días, semanas o meses?
Michael le dio una calada al cigarro y miró al doctor Solomon y a Jaffa, de criminalística, cuya cola de caballo se balanceó en su espalda cuando se agachó en la escena y tocó con las palmas de las manos la superficie de cemento rugosa y polvorienta, buscando algún objeto minúsculo e inapreciable. La luz del día cada vez más débil no entraba ya por las claraboyas, y Michael no permitió que Balilty rompiera ni una sola teja, no fuera a llover y el agua calara dentro y destruyera alguna prueba.
– Espera hasta que no quede más remedio -le ordenó.
– Ya le he dicho al capataz que de momento todo se va a retrasar -explicó la arquitecto-, y Ada, por supuesto, lo comprende, pero necesitamos hacernos una idea, porque no se puede tener así a la gente. Se trata de un trabajo enorme.
– Haz el favor de fijarte bien -dijo Balilty en un tono de victoria-, ahora vas a ver lo que es una reforma, no sabes en dónde te has metido -se dirigió a la arquitecto-: ¿Son todos árabes?, los obreros.
– El capataz es de Bet Yala -contestó-, pero yo siempre trabajo con él.
– Siempre -refunfuñó Balilty-. Ahora las cosas no son como siempre, ahora nos han mostrado su verdadera cara: disparan sobre Gilo, degüellan a personas… Bueno, no podrán venir a trabajar…
– Incluso durante la Intifada trabajé con él -protestó con un hilo de voz.
