
Delante de ellos, en el centro del desván, el forense miró a su ayudante, un estudiante en prácticas, y ya sin el canturreo de antes, en tono autoritario, le dijo:
– Anota, anota para mayor seguridad antes de la autopsia. No me fío de este aparato -bajó la vista hacia el pequeño micrófono que llevaba colgado al cuello y después continuó hablando-. Fractura en la nuca, en la segunda vértebra cervical… hematoma en el cuello… al parecer estrangulamiento… -volvió a mirar a su ayudante, que se secó las manos en los pantalones, dejó la libreta abierta encima de una de las calderas y anotó. Michael se inclinó y examinó la bolsa en donde Alón había metido los zapatos grises de punta afilada. Tocó la punta de los tacones de aguja y vio que en la plantilla aún se distinguía la marca, aunque estaba borrosa.
– Es un zapato italiano caro -dijo Alón, de criminalística, que seguía los movimientos de Michael-. Todo de piel, hasta la suela. Y este vestido tampoco es un vestido cualquiera, por lo que puedo apreciar es lana buena. Sencillamente no entiendo -ahora miró también a Balilty- cómo una chica así, con unos zapatos así y un vestido así, pudo subir a este desván -señaló el agujero del techo y la escalera que estaba apoyada en el borde-. ¿Llevaría los zapatos en la mano o qué? ¿Y cómo se las arreglaría para subir los peldaños de la escalera con este vestido?
– Vamos -dijo Balilty-, tampoco es un misterio tan grande. Para eso no hace falta ser doctor en química. Te levantas el vestido así, hasta arriba -se subió con las dos manos un vestido imaginario y metió el bajo en el cinturón de los pantalones-, y los zapatos te los pones aquí -se señaló las axilas- o se los das a alguien para que te los lleve. Después de todo ella no estaba sola, ¿recuerdas?
– Tiene una carrera en la media -señaló Alón.
