– Tiene un enorme agujero, no una carrera -corrigió Jaffa, que aún estaba de rodillas al otro extremo del desván-. Eso ha tenido que hacérselo aquí. Alguien así, con un vestido así y unos zapatos así, no andaría por la calle ni medio segundo con un agujero así, se moriría de vergüenza -Jaffa se tragó una sonrisa mimosa y eliminó cualquier posible tono en su voz-: Y estas medias, son unas medias de cuarenta y cinco shekels, tampoco son cualquier cosa.

– Jaffa -dijo Michael acercándose a ella-, dime, Jaffa, en tu opinión, ¿es posible que no llevara bolso? ¿Con un vestido y unos zapatos así, sin bolso?

– No parece lógico -sentenció Jaffa sin pensar-. En el bolsillo del abrigo, mira -señaló una bolsa pequeña-, había un pañuelo de papel y un pedazo de recibo del cajero automático. He intentado identificarlo, pero sólo se ve la fecha de ayer y la hora, mira -quitó el celofán de la bolsa de plástico y sacó un minúsculo pedazo de papel con los dedos, pues aún llevaba puestos los guantes-. No lo toques -dijo previniéndole y apartando la mano-, no llevas guantes, y no queda rastro ni del número de cuenta ni del nombre.

Michael, que de todos modos no pensaba tocar, no dijo nada.

– Tampoco está la cantidad, ni la sucursal, ni nada, sólo la fecha y la hora: diez y cuarto, de lo que se deduce, primero, que a las diez aún estaba viva, y, segundo, que tenía dinero en metálico. Entonces, ¿dónde está el dinero? ¿Dónde está la barra de labios con la que se pintó? -miró hacia lo que había sido una cara-. Seguro que tenía una barra de labios, un peine, maquillaje y hasta perfume. Nada. Nada. Una mujer así no sale sin bolso.

– Esto no tiene por qué ser suyo, hay sólo una fecha, y puede ser que no fuera ella quien sacó el dinero, sino otra persona -recordó Alón-, y puede ser que quien estuviera con ella cogiera el dinero.

– No sólo el dinero, también la cartera, seguro que llevaba bolso. Por supuesto sería gris, como los zapatos -dijo Jaffa, y Michael oyó sorprendido el tono de envidia de su voz-.



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