– El doctor Solomon está en camino. Precisamente estaba con nosotros en la reunión por el asunto de ese niño de Kfar Sava -aseguró Michael, y Jaffa sonrió.


– Ada Levi -dijo, despacio, pensativo-. Qué pequeño es el mundo.

– Efrati -corrigió-. Me casé nada más terminar el servicio militar.

– ¿Subes o qué? -gritó Balilty desde arriba.

– El capataz está esperando en el coche -dijo Ada-, él… él… No sabíamos qué hacer, estábamos aquí los tres. Él no… es árabe… palestino -soltó al final-. Pensamos… No quiere complicaciones… ¿Tiene que quedarse aquí?

– Debe hacerlo -dijo Michael sujetando la escalera con fuerza-. Todo el que estuviera aquí tiene ahora la obligación de quedarse. Esperad abajo, hablaremos luego.

Él subió por la escalera. Ella se quedó en el primer piso, al lado de la arquitecto.

Durante la inspección, entre las palabras de Balilty, el informe de Jaffa y las preguntas que le dirigían, Michael se preguntó cómo no la había visto desde aquel campamento y cómo -aunque a veces le habían venido a la memoria los rasgos de su cara y de sus labios y, con ellos, los gratos aromas del huerto, la delicadeza de su piel y su tímida sonrisa- no la había buscado ni había preguntado por ella a alguno de sus conocidos. Recordaba vagamente que al final de aquel curso se fue del internado de Jerusalén en donde estudiaban, pero no recordaba adonde, y de todos modos tenía novio. Y era evidente que además se había casado. Claro que se había casado, todos se habían casado. Hasta él. Y muchos también se habían divorciado. Como él. Y ahora tenía marido y seguro que también hijos. A lo mejor hasta nietos. Si tenía marido, ¿dónde estaba ahora? Porque ha dicho: «He comprado esta casa», y no «hemos comprado». Esos pensamientos le pasaban muy deprisa por la cabeza y desaparecían de repente cada vez que miraba la escena del crimen.

El doctor Solomon estaba trabajando con lentitud y meticulosidad mientras tarareaba una canción.



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