
El miedo a sentirse incómodo y la sensación opresiva que se abatía sobre él cada vez que pasaba de largo ante la entrada del kibbutz lo disuadían de visitarlo. Cada vez se le hacía más difícil ir allí, «en lugar de al contrario», había pensado aquella mañana mientras se dirigía al kibbutz y trataba de sacudirse el abatimiento que iba apoderándose de él. Moish le había dicho por teléfono: «Ten corazón, cincuenta años, no es algo que suceda todos los días… ¿no puedes hacer un esfuerzo?». En realidad no había nada que le impidiera ir al kibbutz. Incluso podría haber hecho de la ocasión una visita oficial, un ejercicio de relaciones públicas; mas, por algún motivo, presumiblemente relacionado con Osnat, pensaba ahora mientras volvía a mirar en derredor con la esperanza de verla, había preferido visitarlo a título personal y no había comunicado a nadie adonde iba salvo a su hija, y eso especificando que «tal vez iría». Había concertado una cita con el director del Departamento de Educación del Ayuntamiento de Asquelón a primera hora de la mañana y, una vez despachado ese asunto, sin llegar a tomar una decisión consciente («lo intentaré, pero no te prometo nada; ya sabes cómo son estas cosas», le había dicho a Moish por teléfono), había girado bruscamente el volante en el último minuto cuando pasaba en coche ante el kibbutz.
