
Esta vez traspasó la entrada sintiéndose como el héroe conquistador que retorna a su antiguo hogar. La última vez que había estado allí ya era un abogado de éxito, pero su fama aún no había llegado al kibbutz; ahora ni siquiera ellos podrían desdeñar su tarjeta de visita. Pero el malestar y la angustia de siempre seguían agobiándole a pesar de ese sentimiento de triunfo. Quería librarse de las imágenes desagradables del pasado, de los sentimientos de pesadumbre, de soledad, de vergüenza. Sobre todo de vergüenza. Pero las imágenes aparecían vivaces ante sus ojos a la vez que un dolor punzante le torturaba el brazo, ese dolor que lo había impulsado a dejar de fumar.
Mientras aparcaba junto a la sección de Los Narcisos, donde vivía Moish, reparó en dos chicos que charlaban y lo miraban con curiosidad ociosa, indiferente. Vestían monos azul oscuro y uno llevaba un gran taladro en la mano. Aarón estaba seguro de que lo habrían reconocido por las fotografías publicadas en la prensa y por sus apariciones televisivas -últimamente se le había visto mucho en la pequeña pantalla-, pero no dijeron nada, y él no supo si atribuir ese silencio a que no lo habían identificado o a que estaban demasiado embebidos en sus asuntos para prestarle atención.
Cuando al mediodía abordó a Dvorka en el comedor, atrincherándose tras su flamante confianza en sí mismo contra el malestar que siempre lo asaltaba al pensar en ella, le sorprendió ver que lo miraba con aire de despiste. Sospechó por un instante que no lo había reconocido. Dvorka esbozó un saludo con la cabeza y le tendió una mano dura y callosa, pero su apretón fue bastante flácido y no le sonrió. Antes de volverse hacia otro lado, le dijo: «¿Qué tal estás?», en un tono que no invitaba a responder, y cuando él aludió a las fiestas del jubileo, Dvorka asintió mecánicamente y echó una mirada en torno suyo como si estuviera muy interesada en encontrar a alguien. Aarón carraspeó y dijo:
