Todo el mundo se puso en pie para recular, cogiendo a los pequeñuelos de la mano para que no se acercaran demasiado. Los hijos de los encargados agrícolas iban sentados en las cabinas junto a sus padres. Un adolescente de pecho desnudo y bronceado conducía la gran cosechadora con gesto inexpresivo, casi indiferente, como ajeno a la impresión que estaba causando en los niños y las adolescentes del kibbutz, algunas de las cuales vestían trajes blancos que realzaban su lozanía y belleza.

«Nuestros graneros desbordan de trigo, nuestras cubas rebosan de vino. Nuestros hogares están llenos de niños», cantaba el coro, y Aarón pensó que nunca se habían pronunciado esas palabras con mayor motivo. Los signos de la abundancia se veían por doquier. Nada dejaba entrever las dificultades económicas que atravesaba el movimiento de kibbutzim y que en los últimos tiempos habían saltado a los titulares de la prensa y habían sido objeto de debate tanto en la Knéset

Mientras pasaba la vista sobre la multitud tratando de distinguir a Osnat, Aarón vio a Dvorka, sombreándose los ojos con la mano no muy lejos de él. Tenía cogido de la mano a un niño de unos cinco años. Aarón comprendió, sobresaltado, que debía de ser el hijo de Osnat, el menor de los nietos de Dvorka. Aun desde lejos pudo apreciar que Dvorka estaba más encorvada que antes. «Ya debe de haber pasado de los setenta», le había comentado a Moish durante la comida; y Moish asintió sonriendo: «Tiene setenta y dos años. Pero sigue siendo una apisonadora. Tendrías que oírla en la sijá

Desde la última visita de Aarón al kibbutz habían pasado casi ocho años. Y también esta vez había aceptado la invitación a la doble celebración de Shavuot y del cincuentenario del kibbutz pensando en Osnat. Hacía años que no la veía. Trató de calcular con exactitud cuántos, preguntándose si su hijo Arnon ya habría nacido en aquel entonces y recordando vagamente que Dafna todavía estaba embarazada.



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