
– Me gustaría verte más tarde; querría consultarte unas cuantas cosas.
Sólo entonces le dirigió Dvorka aquella mirada luminosa y penetrante que tan bien recordaba y que lo hizo sentirse de nuevo como un niño, absolutamente transparente.
Dvorka lo contempló así durante un rato y, luego, como si ya hubiera hecho una recapitulación de todo lo visto en su interior, respondió:
– Te espero esta noche, si es que vas a quedarte a dormir -Aarón le prometió pasar a verla-. Después de las actuaciones -añadió ella-, cuando hayamos cenado. Tenemos mucho de que hablar.
Aarón asintió sumiso y tragó saliva. Estaban charlando ante el mostrador de los segundos platos, bandejas en mano, aunque Aarón había tenido que dejar la suya para estrecharle la mano a Dvorka; a esas alturas ya se había formado una buena cola tras ellos. Por el rabillo del ojo Aarón vio a Moish junto al surtidor de zumos del rincón, llenando una jarra mientras se inclinaba hacia una mujer a la que escuchaba con atención.
– Hacía mucho tiempo que no venías a vernos -le dijo Froike desde detrás del mostrador-. Hoy estoy de turno de cocina -añadió en tono de disculpa; aunque tal vez no había pretendido disculparse sino simplemente transmitir una información que Aarón había interpretado como una disculpa.
Dvorka había sido la primera profesora de Aarón en el kibbutz, le había dado clases en sexto. Aarón recordaba su cabello recogido en un moño, con hebras blancas salpicando su trenza morena, el olor a jabón que despedían sus manos, su ropa oscura, su elevada estatura y su voz cargada de pasión. Recordaba que le había corregido cariñosamente cuando la llamó «señorita» y la precisión con que pronunció su nombre, «Dvorká», acentuando la última sílaba.
