Al verla ahora en el comedor en pleno verano, era como si estuviera oyendo el rumor de sus pisadas en aquellas mañanas frías y lluviosas en que calzaba botas negras de goma, y aún oía la voz pletórica de vitalidad con que les recitaba los poemas de Raquel. Al estrecharle la mano hacía un momento, le había venido a la memoria el vivido recuerdo del horror de las duchas comunes, de la vergüenza que pasaban los chicos y las chicas al tener que vestirse y desvestirse juntos. Recordó también la seguridad con que, en verano, Hadas se enfundaba los pantalones cortos azules rematados por elásticos en sus piernas morenas, aquellos bombachos hechos de una tela tan dura que parecía encerada, y, en invierno, los pantalones largos azules. La ropa limpia y planchada llegaba a la casa infantil en un gran montón donde estaban las escasas prendas que Aarón había llevado consigo al kibbutz. De vez en cuando Uri se ponía la camisa de cuadros de Aarón. Poco a poco, los límites se fueron difuminando y también él comenzó a hacer como los demás y a coger lo primero que encontraba en la pila de ropa limpia sin preocuparse de buscar las prendas que en otro tiempo fueran suyas.

El año en que falleció su padre, durante la Pascua, su hermana mayor, que ya estaba haciendo el servicio militar en una unidad Nájal

Ahora Dvorka no había pronunciado ni una palabra sobre su carrera política y, como siempre, no demostraba interés ni curiosidad. Mirarla a los ojos bastó para que se esfumara el ánimo triunfante y orgulloso con que había llegado al kibbutz. Y también en la habitación de Moish, mientras tomaban café después de comer, volvió a embargarle la inquietud de antaño, como si continuara siendo un niño forastero al que sólo habían aceptado por hacerle un favor a su hermana.

Cuando se marchó del kibbutz lo tacharon de traidor. Lo que había dicho aquel periodista era una burda mentira. No había estudiado a expensas del kibbutz, y así lo había asegurado en una de sus últimas ruedas de prensa.



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