
Su petición fue rechazada casi por unanimidad y Yojeved, una de las kibbutzniks más antiguas, cruzó los brazos sobre su generoso seno y le increpó a grandes voces:
– ¿Qué prisa tienes? Los estudios no lo son todo en la vida. Antes de nada, debes pasar unos años trabajando en el kibbutz, eso es lo más importante.
Y Matilda se descolgó con un comentario demoledor: -Pero si aún no hemos enviado a nuestros propios hijos, que han nacido aquí, a la universidad.
Dvorka le respondió airadamente que se callara y Zeev HaCohen también protestó, e incluso Yehuda Harel, el marido de Dvorka, presente en el kibbutz aquel día aunque pasaba casi todo el tiempo en la ciudad cumpliendo sus funciones de secretario de asuntos externos, responsable de los contactos con el exterior, dijo:
– Eso es totalmente irrelevante; Aarón es tan hijo del kibbutz como cualquier otro.
Pero Aarón sabía que se marcharía a toda costa. Allí las posibilidades le parecían muy limitadas, casi predeterminadas, y él era incapaz de vivir con una visión de futuro tan estrecha.
Cuando notificó sus intenciones en la secretaría, lo mandaron a hablar con Dvorka. Recordaba con todo detalle aquella conversación y sus prolegómenos. Dvorka lo había abordado en el comedor al mediodía para decirle: «¿Por qué no pasas a hablar conmigo más tarde?». Recordaba haber llamado vacilante a su puerta y la eficacia con la que ella preparó café y lo retiró del fuego para que no hirviera, la mano segura con que lo sirvió y partió el bizcocho y dispuso tazas y platos sobre el mantel bordado que cubría la mesa rectangular, el mismo modelo que el kibbutz había distribuido a todos los miembros antiguos para que amueblaran sus cuartos de estar.
