Aarón tampoco había olvidado la mirada perspicaz y omnisciente que Dvorka le había dirigido cuando él masculló que necesitaba marcharse y que se sentía incapaz de esperar dos o tres años hasta que le llegara el turno, ni la réplica que ella le había dado, comentando que los sacrificios a corto plazo pueden justificar nuestros actos a la larga.

En aquel entonces Aarón no había comprendido a qué se refería, pero en los últimos años, mientras corría de una reunión a otra, tomaba un par de bocados de un insípido pan de pita y unos sorbos de Nescafé con leche en polvo, se apresuraba a acudir a una cita con este o aquel inspector regional de educación o a almorzar con algún periodista especializado en temas de enseñanza, a veces recordaba la preclara intuición que encerraba aquel comentario de Dvorka y trataba de consolarse con la idea de que había sido un estudiante de Derecho notable y un abogado de éxito, y pensaba en su gran piso de Ramat Aviv, fruto de acertados cálculos financieros, y en su nuevo coche con aire acondicionado, que ahora estaba aparcando junto a la habitación de Moish. Tenía anotados todos estos logros, entre otros, en un balance de situación mental para demostrar a los miembros del kibbutz, incluida Dvorka, que no habían sabido apreciarlo en lo que valía.

Por otro lado, cuando él se marchó, Osnat ya se había trasladado a una casita con el hijo de Dvorka, Yuvik, algo a lo que Dvorka no encontró pertinente aludir. Dvorka no se interesaba por los detalles, pero, aun así, tenía que saber que la relación de Osnat con Yuvik había destrozado a Aarón. En el kibbutz no se hablaba de otra cosa en aquellos tiempos. Aarón percibía las miradas de lástima, de conmiseración, y cómo todo el mundo se apresuraba a bajar la vista cuando topaba con él; y agradeció a Dvorka que no lo tratara con una delicadeza excesiva que habría hecho aflorar su vulnerabilidad ante ella.



15 из 398