
Sólo al final de la conversación, cuando ya se había puesto en pie, con las tazas en la mano y prácticamente inclinada sobre él, Dvorka le había dicho con tentativa afectuosidad:
– A menos que en tu decisión hayan intervenido cuestiones personales, pero hasta para ésas se han encontrado soluciones en el pasado… -Aarón se levantó sin hacer caso del comentario, sintiéndose torpe y desmañado, y entonces ella añadió-: En todo caso, no es habitual nombrar encargado agrícola a alguien de tu edad. No pareces darte cuenta de la importancia que tiene aquí ese cargo.
Y, una vez más, Aarón había sentido que con esas palabras le estaba queriendo decir que no era un auténtico hijo del kibbutz y que, pese a ser forastero, había llegado muy alto, y había percibido la sombra de un reproche porque le hubieran distinguido con un trato de favor. Ante esto, había logrado hacer acopio de la rabia necesaria para cuadrarse de hombros y decir:
– Lo pensaré; en realidad, aún no me he decidido.
De tanto en tanto, cuando volvía a casa desde Jerusalén, se preguntaba dónde estaría hoy si hubiera compartido su vida con Osnat, si ella no hubiera preferido a Yuvik, si se hubiese quedado en el kibbutz. ¿Se habría sumergido en una vida de plácida y calmosa crianza de los hijos y de acalorados debates en las asambleas del kibbutz? Nunca conseguía imaginarse la historia hasta el final; su mente siempre se detenía en el momento en que Osnat y él se quedaban a solas en su habitación, después de acostar a los niños (Osnat había tenido cuatro hijos con Yuvik… ¿cuántos habría tenido de haber estado con él?). Llegado a ese punto la imagen se desintegraba, porque entonces retornaba la rabia, aún viva e intensa.
La ceremonia concluyó. Aarón se quedó esperando a Moish, que charlaba con el técnico que estaba desconectando los micrófonos, y observó a la multitud encaminándose despacio hacia el comedor.
