Le vino a la memoria la fiesta de Shavuot de hacía treinta años. En aquella época no había cremas faciales ni exóticas frutas tropicales, ni tampoco el menor rastro de la plácida apatía que ahora reflejaban los rostros en torno suyo. Todo era más intenso, sin sonrisas de circunstancias, y la alegría tenía una cualidad distinta, cargada de tensión. Todo el mundo se tomaba tan en serio sus funciones que los preparativos duraban muchísimo tiempo. En su segundo año de estancia en el kibbutz fue él quien condujo al burrito de la granja durante el desfile. Aarón se vio marchando en medio de la fila y recordó la nuca de Hadas, que iba cargada con el pan horneado por los niños. Recordó su trenza. Ahora Hadas estaba en Estados Unidos. Se había marchado años atrás, siguiendo a su marido.

Hacía ya mucho tiempo que los miembros del kibbutz no vivían en «habitaciones» sino en casas de dos o tres cuartos, dependiendo de sus necesidades; casitas equipadas con todas las comodidades: neveras y estufas de gas, batidoras, licuadoras y molinillos de café eléctricos. Y en el circuito cerrado de televisión pasaban las películas de madrugada y otros programas grabados, sobre todo los de los sábados por la noche, para que la gente pudiera asistir a las reuniones semanales y ver después los programas que se habían perdido.

– Competir con la televisión es imposible -le había dicho Moish, y luego comentó que también televisaban las sijot-. Compramos un par de cámaras de vídeo desde el principio, pensando en unos cuantos ancianos demasiado débiles para acudir a las reuniones; pero, claro, algunos aprovechan para ver la sijá desde casa -suspiró-. Qué le vamos a hacer, siempre hay quien saca partido de las circunstancias.

Ahora Aarón caminaba junto a Havaleh, la mujer de Moish, que sujetaba a su hijo pequeño por la pringosa manita.



17 из 398