
Hacía ya mucho tiempo que los miembros del kibbutz no vivían en «habitaciones» sino en casas de dos o tres cuartos, dependiendo de sus necesidades; casitas equipadas con todas las comodidades: neveras y estufas de gas, batidoras, licuadoras y molinillos de café eléctricos. Y en el circuito cerrado de televisión pasaban las películas de madrugada y otros programas grabados, sobre todo los de los sábados por la noche, para que la gente pudiera asistir a las reuniones semanales y ver después los programas que se habían perdido.
– Competir con la televisión es imposible -le había dicho Moish, y luego comentó que también televisaban las sijot-. Compramos un par de cámaras de vídeo desde el principio, pensando en unos cuantos ancianos demasiado débiles para acudir a las reuniones; pero, claro, algunos aprovechan para ver la sijá desde casa -suspiró-. Qué le vamos a hacer, siempre hay quien saca partido de las circunstancias.
Ahora Aarón caminaba junto a Havaleh, la mujer de Moish, que sujetaba a su hijo pequeño por la pringosa manita.
