
Iban camino de las habitaciones donde vivían los jóvenes, una hilera de cabañas que en su día alojaran a los fundadores del kibbutz. Aarón todavía recordaba el día en que Srulke y Miriam se mudaron de su cabaña a una casa de piedra. Ahora vivían allí los chicos y las chicas que estaban cumpliendo el servicio militar y también los solteros, hasta que les llegara el momento de trasladarse a las casas familiares. Moish se detuvo a hablar con Amit, el segundo de sus hijos, a la puerta de su habitación. Amit estaba haciendo el servicio militar, pero le habían dado permiso gracias a la nueva normativa anunciada en un recorte de periódico que Moish le había mostrado a Aarón: «Se insta a todos los comandantes en jefe a permitir que los kibbutzniks asistan a las celebraciones del jubileo». Mirando al joven soldado, Aarón recordó un comentario de Moish. «Está en una unidad Nájal, pero lo han destinado a Hebrón. No consigo acostumbrarme a la idea. Tú y tu gobierno de unidad nacional…». Ésa había sido la única referencia que había hecho al cargo de Aarón. Moish llamaba «hijo» a Amit siempre que se dirigía a él y Aarón volvió a sentirse inferior.
Él sólo tenía dos hijos de un matrimonio fracasado, un matrimonio que desde el principio había sido producto de las circunstancias más que de la libre voluntad. Arnon tenía siete años y Pazit diez, y a la niña le faltaba, había que reconocerlo, la indolente elegancia de las muchachitas del kibbutz.
