
Moish ya estaba junto al micrófono, sobre la tarima que habían levantado ante el muro de heno, observando cómo se iba congregando la multitud. En un rincón alejado de la explanada se veía a los grupos portadores de los primeros frutos del año. El coro del kibbutz, cuatro hombres y tres mujeres de blanco y azul, se había situado junto a otro micrófono, partituras en mano. Todo el Kibbutz estaba presente. La gente había comenzado a afluir poco antes del momento señalado para la ceremonia, después del rato reservado para tomar café y tartas confeccionadas para la ocasión. A la hora de comer, Aarón había oído a Matilda quejarse con su voz plañidera de que no quedaba ni un solo paquete de margarina en el gran refrigerador del comedor, y, a lo largo de la tarde, un aroma a tartas de queso comenzó a desprenderse de todas las «habitaciones», como todavía llamaban a las casitas de los miembros del kibbutz. La misma Matilda no pudo sino reconocer que estaba satisfecha de que las jóvenes cabezas de chorlito hubiesen usado su recetario para preparar las tartas de la fiesta, y así se lo oyó comentar Aarón al pasar de largo ante su habitación.
Junto al depósito de agua se iban congregando poco a poco los miembros del kibbutz y sus hijos, así como numerosos invitados fácilmente reconocibles por su elegante ropa, de todo punto inadecuada para sentarse en la tierra reseca en la que cada pisada levantaba una polvareda. El polvo se pegaba a todo. Ese polvo que Aarón seguiría sintiendo en la nariz durante muchas horas y que le traía a la memoria los tiempos en que, al regresar de sus paseos veraniegos por el campo, no conseguía despegarse el olor a polvo ni aun duchándose.
