
La multitud no se calmó ni aun cuando Moish entonó por el micrófono: «Un, dos, tres, probando». Sólo cuando el pequeño coro rompió a cantar con ímpetu creciente «con cestas en los hombros y guirnaldas en la cabeza», comenzaron los padres a aquietar a sus hijos y las ancianas de la primera fila a chistar con ánimo alegre, sin asomo de reproche.
Desde uno de los flancos, Aarón observaba los semblantes arrugados de aquellas mujeres, su cabello ralo y fino, sus vestidos floreados que parecían cortados con el propósito deliberado de disimular el contorno de sus cuerpos, y también a los ancianos que se habían acomodado en el suelo, junto a las mujeres, cansados de estar de pie. Allí estaba Zeev HaCohen, cuyo cuerpo espigado parecía encogido por la edad; con su mata de pelo blanco, y a pesar de su increíble delgadez, seguía teniendo un aspecto imponente. Como siempre que veía a HaCohen, Aarón volvió a oír como en un eco la voz de Srulke llamándolo airadamente «ese politicastro» mientras enjabonaba enérgicamente una taza de café.
