– ¿Cuántos años llevas siendo director general? -le preguntó Aarón a Moish cuando comenzaban a servirse el primer plato.

– Es una especie de panecillo de huevo, está delicioso, pruébalo -le dijo Havaleh colocándole delante una fuente.

– Éste es mi cuarto año -repuso Moish con fatiga-, y espero que este mismo año encuentren a un sustituto, porque no sé cuánto tiempo conseguiré mantener el tipo. Me muero por volver a trabajar en los algodonales.

– Dime una cosa -dijo Aarón, mirando la botella de vino blanco que tenía ante sí y los vasos de vino tinto que en ese momento les pedían que alzasen para brindar-, parece que estáis en buena situación económica. ¿Cómo os las arreglasteis para salir airosos del asunto de las acciones?

– Sí, estamos más o menos en buena forma -ratificó Moish.

Havaleh, que no se perdía una palabra pese a sus constantes atenciones a Asaf y Ben, muy entretenidos en revolver y tirarlo lodo, dijo orgullosamente:

– Fue todo gracias a Yoyo; supo en qué momento había que retirarse -y para asegurarse de que Aarón la comprendiera, añadió-: retirarse de la bolsa y vender las acciones antes de que se hundieran. Nos retiramos a tiempo y obtuvimos beneficios. Y ahora sólo nos queda ayudar a los demás kibbutzim, que están pasando verdaderos apuros -esto último lo dijo en tono de agravio, como protestando contra una injusticia general.

Llegó el segundo plato. Recogieron los platos de cartón usados y los tiraron a los grandes cubos que había bajo las mesas. Aarón se sirvió un trozo de pollo y rechazó la carne asada que le ofrecía Havaleh. Ella tomó un pedacito de carne y exclamó:



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