
– ¡Qué maravilla! ¿Quién ha hecho hoy el asado?
Y mucho antes de haber terminado lo que tenía en el plato, amontonó en él más tajadas y después cortó en trocitos el pollo de Asaf. Moish se acercó el plato de encurtidos y siguió comiendo con su habitual parsimonia y meticulosidad, hasta acabárselo todo, incluido el anillo de grasa que rodeaba el asado.
– Quítame la piel, quítame la piel -berreaba Asaf, y Moish se inclinó sobre el plato del niño para retirar los trozos a los que llamaba «piel».
– Todo lo que no es marrón y blando es piel para él -comentó con sonrisa indulgente-. Es la primera fiesta en la que han incluido a los pequeños en las celebraciones generales. Antes nunca nos acompañaban -comentó Moish mientras rellenaba el vaso de vino de Aarón-. Como se está debatiendo la propuesta de que los niños duerman con su familia, la gente se porta como si fuera cosa hecha y se ven cambios por todas partes. Nos hemos convertido en un anacronismo en el movimiento de kibbutzim, el último kibbutz que aún no ha decidido que los niños duerman con sus padres.
– ¡Caramba!, ¿ya han adoptado esa norma todos los kibbutzim del país? -preguntó Aarón sorprendido.
– Quizá no todos. No, todos no, seguro, pero todos han votado a favor. Llevar la decisión a la práctica constituye un problema económico en este momento, porque supone construir más edificios. Lo absurdo es que -y en el rostro de Moish apareció una sonrisa, como si se le acabara de ocurrir esa idea- para nosotros no sería un problema material, pero todo depende de la decisión del movimiento. Ahora se está hablando de no construir más hasta que los kibbutzim se hayan recuperado económicamente, pero en teoría podríamos hacerlo. Lo absurdo es que precisamente aquí aún no hemos llegado al estadio de adoptar la decisión…
Un hombre grueso y con gafas se aproximó a Moish y le consultó algo relativo a la movilización laboral del día siguiente. Miraba a Aarón con curiosidad, pero a él no le resultaba conocido. Moish le preguntó:
