
– No creo haber visto ninguna desde la última vez que actué en una -respondió Aarón pausadamente, encogiéndose de hombros-, y en aquel entonces no había tantos niños -añadió, esforzándose en no pensar en el persistente dolor de brazo.
– Sí había niños -dijo Moish-, pero sólo de primer curso para arriba. Los más pequeños no asistían a las fiestas. Ahora todo está cambiando y eso ya se ve en las costumbres. Tenemos que empezar temprano porque hay niños pequeños. Antes nunca se organizaba una fiesta antes de las nueve y media o las diez, después de que hubiéramos acostado a los niños. Y, como podrás ver, tampoco habrá baile. Tal vez para los jóvenes, pero no para nosotros, que tendremos que retirarnos pronto para acostar a los niños -y, comiéndose otro encurtido, se levantó.
– No veo a Srulke por ningún lado -dijo Havaleh-, estoy empezando a preocuparme.
– ¿Dónde está? -preguntó Aarón-. ¿Por qué no ha venido con vosotros?
– Dijo que tenía que ir un momento a su habitación y que volvería enseguida -explicó Havaleh mirando en derredor-. Me había olvidado por completo.
Moish conversaba junto a ellos con una mujer muy vieja.
– ¿No ves que aquí no hay sitio para todos? -protestaba la mujer-. Este comedor no está preparado para fiestas de este tipo, no se oye nada y los asientos son incómodos…
– Tranquilízate, Menujá -dijo Moish-. Si se presenta la necesidad, ya daremos con la manera de resolver el problema. Ahora la fiesta tiene que continuar. Ya hablaremos de esto más adelante -y la condujo hacia su sitio, empujándola suavemente por el hombro.
Las niñas de sexto curso, las «Margaritas», como las llamó Havaleh, estaban bailando en escena. Entre ellas estaba su hija, cuya coleta se agitaba con cada paso de baile. Moish tomó asiento y miró a su alrededor.
– No veo a Srulke -dijo sin dirigirse a nadie en particular-. ¿Todavía no ha llegado?
