
Ahora, Zeev HaCohen estaba sentado a los pies de Matilda, la encargada de cocinas y del supermercado del kibbutz; junto a HaCohen, había tomado asiento un niño que se entretenía jugueteando con la hebilla de su bíblica sandalia marrón. Sería uno de sus nietos, el retoño de uno de los hijos que le había dado sólo Dios sabe cuál de sus mujeres, pensó Aarón, recordando vagamente lo que había oído comentar a Moish sobre la compleja vida familiar del intelectual y filósofo de mayor renombre del kibbutz y de otros kibbutzim del mismo estilo.
– ¿Cuántos años tiene ya? -le había preguntado Aarón a Moish cuando llegaron juntos al lugar de la celebración.
– No lo sé muy bien -respondió Moish distraídamente mientras bajaba de sus hombros a su hijo pequeño para dirigirse a la tarima-. Setenta y cinco, tal vez. No, más de setenta y cinco, seguro.
El kibbutz ya contaba con cincuenta años de vida. Medio siglo había transcurrido desde que los miembros fundadores se instalaran en aquellas tierras. No era el kibbutz más antiguo de Israel, pero no se podía dudar que estaba sólidamente establecido. Aquel día reinaba un ambiente festivo, mas, al propio tiempo, era evidente que nadie se estaba tomando la celebración demasiado en serio. Los únicos a quienes se veía emocionados eran los niños, pero se los habían llevado hacia la hilera de maquinaria agrícola y ninguno estaba prestando atención a lo que sucedía en la tarima ni a los cánticos del coro. Y, excepción hecha de los miembros del coro, nadie vestía de azul y blanco.
