Desde el otro lado de la mesa, aquellos ojos le devolvieron la mirada con serenidad, reflexivamente y cargados de risueña curiosidad. Osnat se inclinó para decirle algo a un joven sentado cerca de Havaleh, pero se detuvo a mitad de la frase y le tendió relajadamente la mano a Aarón mientras le preguntaba en tono serio y mesurado qué tal estaba.

Aarón sabía muy bien que ella había seguido sus rápidos progresos de los años pasados. Cuando mataron a Yuvik, le había escrito una carta de pésame. Tardó horas en escribirla, tratando de darle un tono afectuoso pero no seductor, íntimo sin cargar la nota. La muerte de Yuvik había complicado la situación y Aarón prefería no pensar en eso. El alcance de aquellas complicaciones, sus implicaciones, eran demasiado amenazadores. Estaba convencido de que también Osnat evitaba tales reflexiones. Desde su punto de vista, la amenaza era aún más concreta.

– Voy a ver qué le ha pasado a Srulke -dijo Moish con decisión, poniéndose en pie, y Aarón hizo lo propio.

– Voy contigo -sugirió vacilante, y Moish no trató de impedírselo.

Y, así, Aarón estaba con Moish cuando descubrieron a Srulke tendido entre las flores junto a su habitación en la sección A de los Fundadores, y por primera vez Aarón oyó llamarlo «padre».

– ¿Qué te pasa, padre? -le dijo después de haber gritado-: ¡Srulke, Srulke, levántate! ¿Qué te ocurre?

Tan impresionado quedó Aarón por la violencia de la reacción de Moish, por su pérdida de autodominio, que en un principio no se dio cuenta de que Srulke, cuyo rostro se veía paralizado en desgarrado gesto de dolor a la amarilla luz de la farola, estaba muerto.

Al cabo de lo que pareció una eternidad, Aarón se repuso y dijo:

– Voy corriendo a buscar al médico.

Dejó allí a Moish y se dirigió al comedor a toda prisa, con lo que el brazo izquierdo volvió a dolerle, y mientras corría recordó que en las habitaciones había teléfonos.



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