Aarón entró en la habitación, donde percibió un fuerte olor a hule. De camino al cuarto de baño palpó el hule de la mesa preguntándose si sería el mismo de hacía años; también olía a rosas y a tierra húmeda, un aroma poco habitual en la habitación de un anciano.

Cuando salió al exterior vio al médico tratando de hacerle la respiración artificial a Srulke y golpeándole el ancho pecho, todo cubierto de vello gris. Tenía la camisa desgarrada y sucia, y Moish, al lado del médico, no cesaba de repetir:

– Tenía las manos húmedas. Debía de estar abriendo o cerrando el aspersor, no lo sé, pero tenía las manos húmedas y he tratado de secárselas en la camisa.

El médico no le prestaba atención. Continuaba golpeando el pecho de Srulke y pegando la boca a la suya, tal como Aarón lo había visto hacer en la televisión. A su alrededor se oía el zumbido de los fluorescentes y el canto de los grillos, así como un eco distante de los festivos cánticos. Bajo el cielo estrellado, Aarón se sintió muy pequeño en aquel camino, entre los macizos de flores y las filas de casas, minúsculas en comparación con el cielo y la tierra que se extendían ilimitados en torno suyo.

– ¿Cuánto tardará en llegar el equipo de reanimación? -preguntó para disipar su sensación física de insignificancia, para oír el sonido de su voz madura y responsable.

El médico callaba.

– ¿No nos haría falta una ambulancia?

El médico seguía sin responder.

– ¿Cómo es que el kibbutz no tiene una ambulancia? -le preguntó entonces a Moish.

– Sí que tenemos una ambulancia -explicó Moish-, pero está averiada. Me lo han comunicado hoy mismo, y para cuando consigamos dar con un mecánico… Esta misma tarde me dijeron que no arrancaba, y me olvidé de pedirle a Chilik que le echara un vistazo porque esta semana no está previsto ningún parto… -lanzó un gemido y repitió con voz ahogada-: Me olvidé de decírselo a Chilik.

– No tiene importancia, tampoco así habríamos llegado a tiempo -intervino el médico-. Si llamásemos a una ambulancia, para cuando llegáramos a Asquelón… -dejó la frase inacabada y desvió su atención hacia el sonido de rápidas pisadas y resuellos procedente del fondo del camino-. ¿Rickie? -preguntó, y cuando una joven emergió jadeante de la oscuridad, le dijo-: Deprisa, en primer lugar vamos a ponerle una inyección.



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