
Rickie clavó una enorme aguja en el brazo de Srulke mientras el médico le introducía un tubo por la garganta. Aarón volvió la cabeza.
– Ahora el respirador, rápido -dijo el médico.
Rickie le tendió el aparato; trabajaban muy concentrados y, de tanto en tanto, el médico mascullaba que los músculos estaban muy contraídos. Pasado un largo rato sin que Srulke diera señales de vida, el médico alzó los ojos, miró a Moish y meneó la cabeza.
Con las piernas temblorosas, Moish se sentó en el murete que rodeaba el macizo de flores y acarició el semblante arrugado de su padre.
– ¿Quieres que lo traslademos al hospital?
Mirando al médico, Moish preguntó aturdido:
– ¿Para qué? ¿Serviría de algo?
– No -respondió el médico con voz queda, después de carraspear-. Pero si no le hacen la autopsia no sabremos qué ha sucedido.
– No -dijo Moish con firmeza-. ¿Para qué? ¿Qué íbamos a ganar con eso? -tras un breve silencio, añadió-: ¿Qué ha sido? ¿El corazón?
– Eso parece -dijo el médico asintiendo con la cabeza-, un paro cardiaco.
– Desde el punto de vista legal, ¿es posible no trasladarlo a ningún sitio? -preguntó Aarón.
– Sí, desde luego, puedo firmar… -el médico miró a Moish antes de proseguir-: puedo firmar un certificado de defunción… a su edad.
Entre Aarón y el médico trasladaron el cuerpo de Srulke a su habitación y lo tendieron sobre la cama de matrimonio. El médico le cerró los ojos y lo tapó con una sábana almidonada que estaba cuidadosamente doblada a los pies de la cama.
