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El entierro de Srulke se celebró la tarde del día siguiente, durante la fiesta.

– No hay alternativa -explicó Zeev HaCohen a Yojeved, que había protestado en nombre de los ancianos padres de Ruti.

Aquella pareja se había instalado años atrás en el kibbutz, donde seguía observando todas las prácticas de la tradición judía, incluida la de tomar alimentos kosher. Y ahora se había quejado de la transgresión que suponía celebrar un entierro en una festividad religiosa.

– No estamos preparados para conservar el cuerpo -susurró Zeev HaCohen, y echó una ansiosa ojeada a Moish para comprobar que no le había oído. Posó la mano en el hombro de Yojeved-. Tendremos que explicarles que lo hacemos sin mala intención. Diles que me pasaré a verlos esta tarde. Yo me encargo de hablar con ellos -concluyó con el tono autoritario y tranquilizador que reservaba para las situaciones de crisis.

Aarón permaneció en el kibbutz hasta después del entierro. Aunque no quería reconocerlo ante sí mismo, albergaba esperanzas con respecto a Osnat. Tampoco quiso establecer ninguna relación entre la muerte y el deseo, pero lo cierto era que el entierro, el gesto flemático de Havaleh y la seriedad de Amit, el sonido de la tos de Moish después de vomitar en plena noche, el abatido silencio de Dvorka, con los ojos enrojecidos después de haber pasado la mañana velando a Srulke, todo eso lo había sumido en un torbellino de emociones y ansiedad que trataba en vano de aquietar. No comprendía sus propios sentimientos. La muerte de Srulke debería haberle producido alivio. Siempre lo había visto como un testigo de sus pasadas humillaciones.

De pequeño se sentía acobardado ante aquel hombre que trabajaba tanto y con tan buenos resultados, cubriendo el kibbutz con alfombras de césped salpicadas de docenas de variedades de flores y dotándole, hasta el día de hoy, de un aire irreal de jardín del Edén en medio de un yermo amarillo y marrón. En la exposición fotográfica que habían colgado en el vestíbulo del comedor con ocasión del jubileo, unas cuantas fotografías antiguas en blanco y negro mostraban un erial donde sólo crecía algún que otro taray.



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