Ni siquiera los niños de la guardería, advirtió Aarón con una sombra de desengaño que le hizo sonreír, y no había ni rastro de la bandera nacional. Una cosa más sobre la que habría de interrogar a Srulke. Recordó la nostalgia que antaño solía embargar su ánimo en los días de fiesta y la emoción con que aguardaba, muy especialmente, la fiesta de las Semanas o Shavuot, la sensación muy real y auténtica de estar participando en acontecimientos importantes que le dominaba en aquellos tiempos.

No lograba desprenderse de la impresión de que bastaría retirar las banderas azules y blancas del tractor de oruga para que la ceremonia cobrase un aire arcaico y extranjerizante, como si estuviera celebrándose en una granja colectiva de la Unión Soviética. Y, sin embargo, reflexionó mordisqueando una pajita, parecía que el tiempo se hubiera detenido, era como si estuviera viendo un documental sobre los inicios del sionismo. Pero aquella ceremonia agrícola se había convertido en una farsa en un lugar donde la agricultura prácticamente estaba en bancarrota; aquel kibbutz, o comunidad agrícola sionista, obtenía sus ingresos de una fábrica que producía cosméticos, ni más ni menos, y había dado su nombre a una marca internacional de crema facial que eliminaba las arrugas y rejuvenecía las células dérmicas, anunciada en los periódicos con un par de fotografías de la misma mujer «antes» y «después». Nadie más daba muestras de advertir el absurdo de un rito agrícola allí donde sólo era posible seguir trabajando la tierra gracias a la producción y venta de una crema facial. Tal vez ése era el motivo de la ausencia de Srulke. Cuando Aarón lo estuvo buscando en vano en el comedor para saludarlo, Moish le había asegurado que asistiría a la ceremonia, «aunque sólo sea para inspeccionar lo que han hecho con sus flores», había añadido con una sonrisa.

Mientras miraba en torno suyo con el supuesto propósito de descubrir a Srulke y con el deseo secreto de avistar a Osnat, Aarón llegó a la conclusión de que al menos un sector de la economía del kibbutz estaba en pleno apogeo: había tantísimos niños que a un forastero bien se le podría haber excusado que se preguntara de dónde sacarían tiempo para dedicarse a otras cosas.



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