Los frutos de aquella intensa actividad reproductora correteaban por todas partes y la aparente satisfacción y alegría de las familias numerosas le inspiraron vagos anhelos. Pero su otra voz se apresuró a reprimirlos. El diablillo que llevaba dentro se burló de aquel deseo suyo de pertenencia, y su vena escéptica, muy acentuada con el paso de los años, se hizo dueña de la situación y evocó la imagen de un rebaño de plácidas vacas holandesas, echando a perder sin remedio su ánimo festivo. Para ahuyentar la sensación de que aquella calma era de algún modo entontecedora, rememoró la ira que solía dominarle en otros tiempos y que hoy había vuelto a asaltarle mientras se dirigía al comedor con Moish a la hora del almuerzo.

La distancia entre el comedor y la habitación de Moish era escasa, pero tardaron siglos en recorrerla al tener que ir saludando a todas las personas con quienes se cruzaban y a las que Moish retenía para recordarles una pequeña tarea tras otra; luego hicieron un alto en las casas de los niños para ver si se había reparado un grifo que goteaba y si habían cambiado la arena del arenero de la guardería; a continuación se detuvieron en la secretaría con objeto de averiguar si se había recibido una llamada que estaban esperando, y después de que Moish estudiara los avisos del tablón de anuncios, recogiera el periódico de su casillero, leyera las notas que allí le habían dejado y cogiera el teléfono que sonaba en el gran vestíbulo de la planta baja del edificio del comedor, después de todo eso, al fin subieron al comedor, situado en la planta de arriba.

Moish se entretuvo en la puerta observando la escena y transcurrió una eternidad hasta que cogió una bandeja.



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