
Ahora la ceremonia al fin daba comienzo. Aarón aún no había visto a Osnat, pero no se atrevía a buscarla abiertamente. Los primeros en subir a la tarima fueron los trabajadores del huerto de frutales y hortalizas. Dos niños y dos hombres vestidos de azul oscuro depositaron junto al muro de heno un par de grandes cestos llenos de ofrendas y se situaron al lado del micrófono. En una breve alocución sobre la cosecha de aquel año, mencionaron frutas tan exóticas como los mangos, los aguacates y los kiwis, e incluso los caimitos y las piñas, pero nada se dijo de uvas o albaricoques. Aarón volvió a sentirse traicionado. Los desbordantes cestos parecían recién sacados del escaparate de una elegante frutería de la calle Ben Yehuda de Tel Aviv o de un centro de mesa de una habitación de hotel. ¿Qué sentido tiene presentar así este tipo de frutas?», se preguntó pensando en lo anacrónicos que resultaban aquellos (estos, muy similares a los de los carteles en que se representaba a los antiguos pioneros.
Luego les llegó el turno a los cultivadores de algodón y, a continuación, a los trabajadores del taller de costura y de la fábrica de ropa, «vestidos con nuestros últimos modelos», anunció Moish señalando a Fania, la anciana directora del taller de costura, que se había situado a cierta distancia del micrófono.
