Tanta despaciosidad e indolencia acabaron por cansar e impacientar a Aarón, que lo esperaba junto a los carritos de las bandejas. Aarón llegó a la conclusión de que, desde el momento en que ponías el pie en el comedor, tus reservas de oxígeno descendían y tu productividad declinaba; aquella calma flemática, aquella lentitud, eran como para volver loco a cualquiera. Se refugió en un juego de adivinanzas: quién era quién y de quién era hijo cada cual. Logró identificar a las personas de tres o cuatro generaciones reunidas en grupitos, los niños pequeños cabalgando a hombros de sus padres. No supo distinguir a los nacidos en el kibbutz de los adheridos mediante matrimonios, pero un simple vistazo le bastó para saber quiénes estaban allí en calidad de invitados, como él mismo.

Ahora la ceremonia al fin daba comienzo. Aarón aún no había visto a Osnat, pero no se atrevía a buscarla abiertamente. Los primeros en subir a la tarima fueron los trabajadores del huerto de frutales y hortalizas. Dos niños y dos hombres vestidos de azul oscuro depositaron junto al muro de heno un par de grandes cestos llenos de ofrendas y se situaron al lado del micrófono. En una breve alocución sobre la cosecha de aquel año, mencionaron frutas tan exóticas como los mangos, los aguacates y los kiwis, e incluso los caimitos y las piñas, pero nada se dijo de uvas o albaricoques. Aarón volvió a sentirse traicionado. Los desbordantes cestos parecían recién sacados del escaparate de una elegante frutería de la calle Ben Yehuda de Tel Aviv o de un centro de mesa de una habitación de hotel. ¿Qué sentido tiene presentar así este tipo de frutas?», se preguntó pensando en lo anacrónicos que resultaban aquellos (estos, muy similares a los de los carteles en que se representaba a los antiguos pioneros.

Luego les llegó el turno a los cultivadores de algodón y, a continuación, a los trabajadores del taller de costura y de la fábrica de ropa, «vestidos con nuestros últimos modelos», anunció Moish señalando a Fania, la anciana directora del taller de costura, que se había situado a cierta distancia del micrófono.



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