
Antes de que los grandes tractores comenzaran a rodar en formación, los niños encargados de cuidar a los animales de la pequeña granja desfilaron ante la concurrencia escoltando a un potrillo pardo y a un burrito de un mes que lucía una guirnalda de geranios. Una niña con un vestido blanco llevaba sobre el hombro un sedoso conejo blanco y una parejita de niños transportaba un pollo en una cesta.
Cerraban el desfile once mujeres que marchaban ante el muro de heno llevando en brazos a los niños nacidos aquel año mientras el público aplaudía una vez más, mecánicamente, sin que el ruido de fondo se acallara. A continuación se pusieron en marcha las máquinas agrícolas y, mientras avanzaban lentamente, varias muchachas esparcían desde los engalanados vehículos confeti y estrellitas plateadas.
Hacía calor, pero no bochorno; era el típico calor seco del norte del Néguev. Bajo un sol que aún parecía próximo a su cénit pese a que ya eran las seis de la tarde, los niños correteaban muy animados entre la polvareda levantada por las grandes máquinas.
