Los trabajadores de los campos subieron después a la tarima, seguidos de los jardineros. Srulke no estaba entre éstos y una vez más Aarón caviló sobre su paradero, ya que, pese a su avanzada edad, nadie había osado poner en entredicho su prestigiosa posición de padre de la horticultura del kibbutz. Pero Aarón no tardó en desechar esas cavilaciones ante la visión de un gran cesto lleno de tarros de crema facial; sujetando en alto uno de ellos, presentado dentro de una caja de plástico transparente decorada con una cinta dorada, Moish anunció: «¡Rocío eterno!». Tal era el nombre poco inspirado de la crema facial que había reportado al kibbutz beneficios de centenares de miles de dólares en los últimos años. Un dibujo del cactus con el que se confeccionaba la crema adornaba el cesto, y Aarón observó divertido aquella planta de grueso tallo y aspecto anodino y vulgar.

Antes de que los grandes tractores comenzaran a rodar en formación, los niños encargados de cuidar a los animales de la pequeña granja desfilaron ante la concurrencia escoltando a un potrillo pardo y a un burrito de un mes que lucía una guirnalda de geranios. Una niña con un vestido blanco llevaba sobre el hombro un sedoso conejo blanco y una parejita de niños transportaba un pollo en una cesta.

Cerraban el desfile once mujeres que marchaban ante el muro de heno llevando en brazos a los niños nacidos aquel año mientras el público aplaudía una vez más, mecánicamente, sin que el ruido de fondo se acallara. A continuación se pusieron en marcha las máquinas agrícolas y, mientras avanzaban lentamente, varias muchachas esparcían desde los engalanados vehículos confeti y estrellitas plateadas.

Hacía calor, pero no bochorno; era el típico calor seco del norte del Néguev. Bajo un sol que aún parecía próximo a su cénit pese a que ya eran las seis de la tarde, los niños correteaban muy animados entre la polvareda levantada por las grandes máquinas.



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