
– Pero Guy…
Él ya había salido por la puerta antes de que ella pudiera detenerlo.
Abatida, corrió hacia la ventana y presionó la nariz contra el frío cristal mientras lo veía meterse en un taxi en la ribera del río a sus pies. Oyó el portazo y las ruedas del taxi girar rápidamente mientras se alejaba sobre la nieve sucia. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Dos meses viviendo juntos, tratando de… él era el hombre que había salvado su vista, que había escrito poemas sobre ella… Ahora se había ido, sin más.
Las relaciones… no tenía éxito con ellas. ¿No deberíamos aceptar a la gente tal y como los conocemos? Lo había echado todo a perder. Otra vez.
Se hundió sobre la colcha, aturdida, y agarró la almohada. Se encontró sosteniendo con fuerza uno de sus calcetines. Recordaba cómo yacían en la cama al amanecer mientras el sol anaranjado, desde la ventana, los miraba a hurtadillas por encima de los dedos de sus pies, cómo sus largos dedos le acariciaban el muslo, el tazón de humeante café con leche que él había preparado esperando la lectura del domingo por la mañana en el balcón junto al grueso Le Monde Diplomatique. Recordaba cómo se le arrugaba la nariz cuando se reía. Enterró la cara en la almohada. Le dio un puñetazo, intentando así acallar el doloroso vacío en su interior.
Una lengua pequeña y húmeda le chupó la oreja. Miles Davis, su bichón frise, jadeaba ansioso, llevando su correa. Ella oyó su leve gemido.
– Solos tú y yo, Miles -dijo.
Un brazalete de jade de luminoso verde colgaba junto al espejo biselado en la rama de abedul donde dejaba sus joyas. Reflejaba el brillo de las luces de las barcazas. Se lo había regalado una anciana vietnamita deseándole buena suerte. Sintió su fría suavidad mientras lo deslizaba en la muñeca, luego se puso un plumífero negro, se enrolló dos bufandas de lana alrededor del cuello y bajó las escaleras entre corrientes de aire, con el corazón encogido, para sacar a pasear a su perro.
