Era una noche de enero, y sentía como si en París no hubiera nadie más que ella y Miles Davis. Además de los fantasmas.

Había perdido a su hombre.

Una barcaza pasaba flotando con luces de Navidad rojas todavía colgando de los costados, rodeando la cubierta. Llegó hasta ella un fragmento de una canción chirriante acompañada por un acordeón y escuchó el sonido del agua al golpear la embarcación.

Miles Davis se paseaba, olisqueando alrededor de la rejilla de metal alrededor de la base de un árbol desnudo. Frotó el jade, pero no recibió ninguna cálida respuesta tranquilizadora.

Su teléfono móvil vibró en el bolsillo de su abrigo. ¿Guy?

– Allô-dijo, su voz llena de esperanza.

– Bibiche!-Reconoció la voz de Laure Rousseau. Laure era hija del primer compañero de su padre, y había utilizado ese apelativo cariñoso desde que tenían ocho años-. Ven a celebrarlo, Ouvrier se jubila. ¿Te acuerdas de él?

Ouvrier era un flic con cara de caballo de la vieja comisaría de su padre. Se oían conversaciones de fondo y el tintineo de una máquina de pinball. ¿Un bar? No era sitio para ella, con un montón de viejos flics bebiendo y recordando los viejos tiempos, de esos que se habían unido al cuerpo antes la primera glaciación.

– Tengo buenas noticias, bibiche. ¿No te debía una copa?

– Parece que tú ya has tomado alguna.

– Te guardo el sitio -dijo Laure.

Aimée pensó en su apartamento vacío lleno de aire frío y rancio.

– Place Pigalle, ¿te acuerdas de L'Oiseau?

De repente, se oyeron cánticos de fondo.

Preferiría beber hasta caerse del taburete con Laure que hacerlo ella sola en el bistró de la esquina.

Aimée miró al suelo. Los cristales de nieve se rompían bajo sus pies. Miles Davis ya había terminado; podía llevarle arriba.



5 из 312