– Cogeré un taxi. Te veo dentro de un cuarto de hora.


* * *

Esta porción de Montmartre había sido testigo de diferentes momentos de gloria. Antes de comienzos de siglo, Edgar Degas había descubierto aquí a sus modelos, entre las grisettes, mujeres jóvenes que buscaban trabajo entre los carros de leche tirados por caballos. Ahora las tiendas eróticas y las tiendas de saldos de norteafricanos le daban un sabor diferente. Sin embargo, núcleos de callejuelas empedradas con casas de dos pisos que albergaban talleres de artistas salpicaban la ruta que subía serpenteante hasta el Sacré Coeur, en la cima de la empinada colina.

Aimée entró en L'Oiseau cruzando una nube de humo de cigarrillos y aire rancio; la fiesta estaba en su apogeo. Gracias a Dios se había pegado un segundo parche de Nicorette mientras iba en el taxi. Flics de paisano, de sesenta y tantos para arriba, sentados en la barra del bar y alrededor de mesitas redondas. Reconoció los rostros de varias personas, hombres que habían trabajado con su padre. Los hombres se encontraban más a gusto en la barra que en las cocinas de sus casas. Ahora se sentía como una extraña en este grupo al que antes perteneció.

Su padrino, Morbier, un comisario, estaba sentado en la barra, y su chaqueta de tweed con coderas olía a lana húmeda. A ella se le iluminó la cara al ver una corona de papel dorada ladeada sobre su pelo cano, algo que no casaba con sus ojos caídos de sabueso y sus mejillas ajadas. Delante de él había una porción de galette des Rois, el pastel de la fiesta de la Epifanía, a medio comer y una pequeña figurita de cerámica.

¿Dónde estaría Guy? Olvídalo. Necesitaba una copa.

– Te ha tocado ser el rey, ¿eh, Morbier? ¿Dónde está Laure? -preguntó, moviéndose hacia el dueño y sirviéndose un trozo de tarta rellena de crema de almendras. Bebió un sorbo de la copa de Morbier, luego otro-. Lo mismo para mí, por favor, Jean.

Sintió un golpecito en la espalda y se volvió.



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