
Sintió que su nerviosismo aumentaba. Pasó de largo el lúgubre cuarto de baño y avanzó por el estrecho pasillo. Al final del mismo permanecía parcialmente abierta la puerta de lo que parecía ser un dormitorio. Buscó las llaves dentro del bolso de piel y situó los bordes de las mismas entre sus dedos a modo de arma, su primera lección de artes marciales.
Con cuidado, hizo cuña a la puerta para abrirla del todo y que no se cerrara. A la tenue luz vio una anciana tumbada de cualquier manera sobre la cama con las medias bajadas.
– Madame? Madame?
Encendió la luz. El ceniciento rostro de la mujer miraba sin ver al techo cubierto de telarañas. Aimeé echó a andar hacia la cama y se quedó paralizada. Alguien había grabado una esvástica en la frente de la mujer. Emitió un grito ahogado y se agarró con fuerza al cabezal de la cama porque le fallaban las piernas. El corazón le latía con fuerza. Tomó aire y se obligó a tocarle la mejilla. Suave y fría como el mármol…
Y si el asesino seguía allí?
Cogió el destornillador Phillips, parte del conjunto de herramientas en miniatura que llevaba en el bolso, y echó un vistazo a la habitación el busca del atacante. Pero el único habitante era un pez ángel de hinchada cabeza, cuyas burbujas plateadas se elevaban en la pecera sobre el viejo secreter. Sobre la única ventana del dormitorio habían clavado listones de madera que bloqueaban la luz, excepto un pequeño haz proveniente del tragaluz.
Dio unos pasos alrededor de la cama con cautela. Después de comprobar el armario y observar las bolas de polvo bajo el colchón hundido, se convenció que no existía ningún atacante que la acechara en la habitación. Se escuchaba el zumbido de una mosca volando cerca de los ojos que, sin pestañar, miraban fijamente al techo. La espantó con asco.
Con los sentidos alerta por si existiera un intruso, anduvo por el pasillo sin hacer ruido y examinando cada armario y cada habitación. Nada.
