
– Usted estaba estudiando en América cuando yo conocí a su padre.
Llena de esperanza, había ido en busca de sus raíces americanas, y en busca de su madre, que desapareció cuando ella sólo tenía ocho años. No había encontrado ninguna de las dos cosas.
– Durante poco tiempo. Estuve de intercambio en Nueva York.
– Su padre me explicó su filosofía para afrontar los casos y lo he recordado siempre.
Hecht asintió.
– Es usted independiente, sin ataduras ni afiliaciones.-Golpeó el escritorio con su nudoso puño-. Me gusta.
El sabía mucho sobre ella. Ella también tenía la impresión de que él omitía algo.
– Nuestros honorarios son de setecientos cincuenta francos al día.
Hecht asintió sin darle importancia. Entonces ella se acordó. Había visto su fotografía hacía años cuando su testimonio había ayudado a llevar a juicio a Klaus Barbie.
– Mire en el interior de la carpeta- dijo Hecht.
Aimeé abrió el archivo y percibió los dígitos y barras distintivos del sistema de codificación del ejército israelí. Su especialidad consistía en penetrar en los sistemas, los enormes sistemas corporativos. Pero este código hablaba de la guerra fría, un terreno resbaladizo y oscuro. Dudó.
– Dentro de la carpeta hay dos mil francos. Entregue los resultados a Lili Stein en el 64 de la rue des Rosiers. Estará en casa después de cerrar la tienda. Ya le he dicho que espere visita.
Aimeé sintió que tenía que ser honrada: desentrañar un código encriptado nunca le había llevado tanto tiempo.
– Me ha dado usted demasiado.
El movió la cabeza de un lado a otro.
– Cójalo. Ella lo está pasando muy mal. Recuerde: déle esto sólo a Lili Stein.
Ella se encogió de hombros.
– No hay problema.
– Debe entregar esto a Lili Stein en mano.- El tono de Hecht había pasado de ferviente a suplicante.- Júremelo por la tumba de su padre. Por su honor.- La miraba a los ojos sin apartar la mirada.
