Tras archivar la imagen, Aimeé imprimió una copia. No podía evitar preguntarse cuál sería la reacción de esa mujer.

Con la fotografía guardada en su bolso de Hermés, un hallazgo de mercadillo, se enrolló una bufanda con estampado de leopardo alrededor del cuello, se abrochó el cinturón de la chaqueta y cerró con llave la puerta del despacho.

Cuando llegó abajo, detuvo un taxi que paró con un derrape sobre la mojada rue du Louvre. Grupos de gente llenaban a última hora de la tarde las terrazas, cubiertas por un toldo, de los cafés. El Sena relucía a su derecha al dejar atrás la piedra gris iluminada del pont Neuf.

Los edificios cambiaron cuando el taxi entró en el Marais, el distrito judío, lleno de hôtels particuliers del siglo XVI que en su momento fueron abandonados y ahora habían sido restaurados en su mayoría. Las figuras caminaban apresuradas sobre los brillantes adoquines. En la nebulosa y estrecha rue de Bearn el taxi rebotó contra el bordillo y ella se bajó. Un aire fétido emanaba de los bouches d’egouts, los sumideros que conducían a las alcantarillas.

Su destino, el 64 de la rue des Rosiers, estaba situado sobre un polvoriento escaparate con el letrero “Délices de Stein”, de un dorado descolorido y que anunciaba artículos Kosher en hebreo y en francés. Enfrente había un puesto de falafel con bandejas de lombarda troceada, cebollas y zanahorias en vinagre, que sobresalían bajo un toldo a rayas.

La pintura verde oscuro se desprendía de las sólidas puertas de entrada, en forma de arco, que tenía ante ella. Se abrió paso evitando una bicicleta apoyada contra la pared de piedra, bajo el cartel de un circo. El patio adoquinado olía a la basura del día anterior. A su izquierda, la garita vacía de un portero hacía guardia a la entrada.

En el descansillo del segundo piso, la puerta de madera del apartamento de Lili Stein estaba abierta. Desde el interior atronaba la radio. Llamó varias veces con fuerza. No obtuvo respuesta. Empujó la chirriante puerta.



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