– Allô??

Entró despacio en el sombrío vestíbulo de un piso con olor a humedad, reacia ante la perspectiva de invadir la intimidad de alguien. Dudó. Seguía sn obtener respuesta.

En el interior, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. Desde el vestíbulo, dirigió la mirada al interior de la sala tenuemente iluminada y entró. Un aparador de pino estaba cubierto por un camino de mesa bordado con la estrella de David y sobre él se encontraban candelabros de bronce. A su lado había un aparato de radio antiguo junto a un reclinatorio. Tenía la tapicería gastada, sucia con manchas de grasa. Se acercó a la radio y vio una foto sepia enmarcada en la pared. En ella, una jovencita vestida con un uniforme escolar pasado de moda aparecía delante de un escaparate, del brazo de una mujer robusta con delantal. Ambas llevaban estrellas bordadas con la palabra juif sobre el pecho. Aimeé se detuvo entristecida. Reconoció el escaparate como el de la rue des Rosiers perteneciente a Délices de Stein. Bajo la foto florecía una rosa blanca en un jarrón.

Pensó que Lili Stein tenía que estar sorda para poner la radio tan alta. Quizá la anciana tenía serias dificultades de audición.

Se acercó a la radio, un viejo aparato de cristal con botones para el dial y con la banda de frecuencias de color amarillo. Bajó el volumen. En el suelo había pañuelos de papel usados.

– ¡¡ Madame Stein! ¿He traído su paquete!

No hubo respuesta alguna.

Sintió que se le tensaban los músculos de la nuca. Desde algún lugar del vestíbulo se oía que caía agua. Esto no le gustaba nada. ¿No se suponía que la anciana la esperaba?

Se detuvo en el umbral de la puerta de la sala. Al otro lado del pasillo, en el cuarto de baño, un grifo goteaba sobre una mancha marrón en el lavabo. Palpó la pared forrada de madera en busca de un interruptor, pero lo único que consiguió fue que se le mancharan los dedos de grasa.



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