»Pero ¿tuvo tiempo de despertar? ¿Dijo algo?» Se quedó mirando el teléfono mientras sonaba.

«Mierda», pensó.

«Mierda. Lo que sea, pero eso no.»

Pero cuando levantó el auricular descubrió que era su hija. Se sobresaltó tanto que casi tira el teléfono al suelo.

– Papá -dijo, y él oyó caer las monedas.

– Hola -contestó él-. ¿Desde dónde llamas?

«Que no sea desde Lima», pensó. «O Katmandú. O Kinshasa.»

– Estoy en Ystad.

Entonces se alegró. Eso significaba que la vería.

– He venido a verte -dijo-. Pero he cambiado de opinión. Estoy en la estación. Me voy ahora. Sólo quería decirte que por lo menos había pensado en venir a verte.

Luego la llamada se cortó. Wallander se quedó sentado con el auricular en la mano.

Era como si tuviese algo muerto, algo suelto en la mano.

«Maldita cría», pensó. «¿Por qué me hace esto?»

Su hija Linda tenía diecinueve años. Hasta los quince habían mantenido una buena relación. Cuando tenía problemas se dirigía a él y no a su madre, o cuando quería hacer algo pero no se atrevía. Había visto cómo se había transformado de niña rechoncha en una mujer joven de belleza provocativa. Hasta cumplir los quince años no dejó traslucir los demonios secretos que un día la llevarían a un terreno inseguro y enigmático.

Un día de primavera, después de cumplir quince años, de repente y sin aviso, intentó suicidarse. Fue un sábado por la tarde. Kurt Wallander estaba reparando una de las sillas del jardín mientras su esposa limpiaba los cristales. Él dejó el martillo y entró en la casa, empujado por una ansiedad repentina. Linda estaba en la cama, se había cortado las muñecas y el cuello con una hoja de afeitar. Más tarde, cuando todo había pasado, el médico le explicó que habría muerto si él no hubiera entrado en aquel momento o si no le hubiera puesto un vendaje a presión con la serenidad con que lo hizo.



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