A punto estuvieron de salírsele los ojos de las órbitas al ver aquel bello torso que dejó al descubierto con lentitud y sensualidad. El pecho amplio y fuerte estaba salpicado de vello oscuro que se estrechaba en una línea suave que descendía por el estómago plano y desaparecía bajo la cinturilla del bañador.

Bajó la vista unos centímetros y aguantó la respiración. Si aquella parte de su anatomía era tan espléndida como el resto, y estaba segura de que era así, entonces se acababa de comer con los ojos a uno de los mejores especimenes masculinos que había visto en su vida. Y trabajando en el complejo había visto a muchos.

La impresionante fisonomía del vaquero era claramente el producto de un trabajo físico duro y constante; opuesto a los músculos que muchos hombres conseguían en un gimnasio.

Josh Maynard era desde luego material ideal para una aventura. Pero solo porque se le pusieran los pezones duros al mirarlo no quería decir que fuera el adecuado.

Pasados unos momentos bajó por la escalerilla para unirse a ella.

– De acuerdo -se detuvo a medio metro de ella-. Adelante -dijo sonriendo.

La luz de la luna y las tenues luces lo bañaban con un suave resplandor, acentuando sus anchos hombros. No era ni demasiado bajo ni demasiado alto. Se dio cuenta de que los ojos le pillaban a la misma altura que su boca. De aquella boca firme, carnosa y atractiva.

Resopló mientras se decía a sí misma que no debía obsesionarse solo porque fuera como un dios. Tal vez tuviera cinco ex esposas, o cinco novias, o fuera gay. O aunque no fuera así, ¿a ella qué le importaba? Era un turista de vacaciones. En una semana, máximo dos, se largaría.

De pronto pensó en la tercera regla de oro que debía cumplir una aventura: temporal.

Sin duda una persona de vacaciones cumplía ese criterio.



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