Lexie suspiró.

– Tal vez. Pero no quiero una relación seria.

Darla arrugó su naricilla.

– Claro que no. Las relaciones serias están sobreestimadas, como tú y yo sabemos. Yo me refiero estrictamente a una aventura. Sexo sin compromisos para sacarte de esa rutina tuya. Un affaire que cumpla las tres reglas de oro que debe cumplir toda buena aventura.

– ¿Y cuáles son?

– Debe ser divertida, salvaje y temporal. ¿Qué te parece?

Divertida, salvaje… Hacía mucho tiempo que no hacía nada así. ¿Y temporal? Nunca había hecho nada temporal; al menos no premeditadamente. La verdad era que sonaba… intrigante. Y emocionante; de tal modo que sus adormecidas hormonas parecieron desperezarse un poco solo de pensarlo.

– ¿Sabes una cosa, Darla? Creo que me parece bien.

Darla sonrió.

– Excelente. Ahora solo nos queda encontrar al hombre adecuado.

Lexie gimió.

– Eso va a ser difícil. No puedo decir que los hombres estupendos caigan a mis pies.

– No necesitas un hombre «estupendo»; no estás buscando marido. Solo debe ser bueno para una aventura -se inclinó hacia ella, como si fuera a compartir un secreto muy importante-. Solo vas a utilizarlo para acostarte con él.

Lexie sonrió.

– Tal vez eso no le parezca bien al interesado.

Darla se puso derecha y la miró con incredulidad.

– Sí, claro. Los hombres odian ser seducidos por una mujer atractiva. Sobre todo una mujer que no espera flores, bombones o anillos de brillantes. Créeme, no nos costará encontrar a un hombre dispuesto.

– Pero no me interesa cualquier hombre.

– No te preocupes -dijo Darla-. Cuando lo conozcas te darás cuenta.

– ¿Cómo?

Darla sonrió con picardía.

– No podrás quitarle los ojos de encima, ni las manos. En cuanto lo veas, la naturaleza se encargará de lo demás. Y recuerda: divertido, salvaje y temporal -Darla le tendió la mano-. ¿Trato hecho?



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