Yo no era una hija así. Creo que no lo era. Sólo me aferraba a aquella promesa suya despreocupada: No me marcharé basta que estés sana y salva dentro de casa, Gatita.

De qué peligros podría librarme gracias a aquella precaución suya, papá no lo concretó nunca.

Me conmovió mucho que me llamara Gatita. Era mi nombre de pequeña y llevaba algún tiempo sin oírlo. Aunque ya no era una niña pequeña y él lo sabía.

Dos años antes, cuando estaba en octavo, había conseguido ver una vez a papá, mirándome. Trece años y tres o cuatro centímetros menos que a los quince, no del todo una adolescente, pero tampoco lo que se denomina una niñita, aunque con un algo infantil, joven para mi edad. Al cruzar una calle del centro, a varias manzanas del instituto, con otras dos chicas de octavo. Y chillábamos, y teníamos un ataque de risa y corríamos mientras una grúa se nos venía encima, amenazadora, con el conductor (varón, joven) provocándonos al avanzar muy deprisa e (imprudentemente) a punto de causar un pequeño maremoto de agua de alcantarilla que nos salpicara las piernas, y una vez en la acera, a salvo pero todavía riendo, sin aliento, después de un frisson de terror, vi por casualidad a un hombre que se disponía a entrar en un coche estacionado junto a la acera, y con qué atención nos miraba aquel hombre, nuestras piernas y nuestra ropa mojadas, al verlo -de pelo espeso de color ladrillo y de perfil, de manera fugaz, porque no dejé de correr, ninguna de las tres lo hizo- pensé: ¿Es ése papá? ¿Ese hombre?

Después pensaría que no. No era papá. El coche en el que se montaba no me había parecido familiar, eso fue lo que pensé.

Por supuesto, no me había vuelto para mirar. Si en la calle, a los trece años, un hombre clavaba en ti los ojos, no te dabas por aludida.



3 из 505