En aquel día de dos años antes, llovía. En Sparta llovía con mucha frecuencia. Desde el lago Ontario al norte y desde el oeste -desde los Grandes Lagos, más allá (los conocía sólo por los mapas y me encantaba contemplarlos: aquellos lagos semejantes a deliciosos rebaños de nubes, unidos entre sí y con nombres tan hermosos como Ontario, Erie, Hurón, Michigan, Superior, a donde nuestro padre nos había prometido a Ben y a mí que nos llevaría en algún momento, en un «viaje en yate»)- siempre había que contar con un cielo en el que podían brotar los nubarrones de lluvia, enormes masas grises y negras, como producto de una magia malévola.

De aquel paisaje y de aquellos progenitores.

De manera que también aquel segundo atardecer llovía. Y en la estrecha Hurón Pike Road la visibilidad era escasa. Cortinas de niebla pálida que eran como periodos de amnesia pasaban por delante del coche de papá, y la niebla se tragaba los faros de luces amarillas que me habían parecido tan potentes. Cuando se conduce en esas condiciones es posible olvidar dónde estás y adonde te diriges y con qué propósito, porque los escasos edificios desaparecen en la niebla y los buzones de correos surgen de la oscuridad como brazos repentinamente alzados.

– ¿Papá? Aquí… -dije, porque, bruscamente, allí estaba nuestro buzón al final del camino de grava para los coches que surgió de la niebla antes de lo que, al parecer, esperaba mi padre.

Gruñó para indicar Sí. Sé muy bien dónde demonios vives.

¿Entraría con el coche por el camino de grava hasta la casa? ¿Por aquella larga avenida llena de charcos que nos devolvía a la oscuridad? ¿Que nos llevaría como por un túnel hasta nuestra casa que, apenas visible desde la carretera en la negrura omnipresente, brillaba con una blancura fantasmal? Había una luz muy débil en las ventanas del cuarto de estar, mientras que el piso alto estaba a oscuras. Podría haberse dado que no hubiera nadie, aunque yo sabía que mi madre se encontraba en la parte de atrás, concretamente en la cocina, donde pasaba gran parte del tiempo. Si Ben estaba en casa, lo más probable era que se hallase arriba, en su cuarto, también en la parte trasera.



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