Antes de que se marchara -antes de que el mandamiento judicial lo echase-, mi padre había reparado el tejado de nuestra casa, muy empinado, porque había una gotera en el ático; también había cambiado algunos cables de la instalación eléctrica en el sótano, además de reforzar los escalones que subían hasta la puerta de atrás. Había sido carpintero de profesión, y muy competente; por entonces trabajaba de capataz en una empresa constructora de Sparta.

En todos los pisos dentro de la casa había pruebas del trabajo de carpintero de papá, de su interés por la casa. Cualquiera estaría tentado de pensar que Eduard Diehl sentía devoción por su familia.

Pero no entró por el camino de grava: se limitó a detenerse en la carretera.

Casi le oí murmurar Maldita sea, no lo voy a hacer.

Porque de lo contrario se habría acercado demasiado al escenario de su vergüenza. Al escenario de su expulsión. Al lugar de su dolor y de su rabia que era a veces una rabia asesina, y era demasiado peligroso para él, ya que había sido expulsado de aquel lugar por una orden del tribunal del condado y en aquel instante su aliento olía indudablemente a whisky y su rostro estaba enrojecido por el intenso fuego de su furor.

¿Les parecerá extraño que a mí, que había vivido toda mi vida en Hurón Pike Road, hija de un hombre nada distinto de otros hombres que vivían por aquellos años en Hurón Pike Road, el olor a whisky en el aliento de mi padre no me molestara sino que encontrara en él algo así como un consuelo? (Siempre que mi madre no lo supiera. Y mi madre no tenía por qué saberlo.) Un consuelo arriesgado, pero consuelo al fin y al cabo porque era familiar, era papá.



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