
Y de repente sus mandíbulas mal afeitadas, que me rasparon y me hicieron cosquillas en la cara, se inclinaron para besarme, húmedamente, en la comisura de la boca. Sus movimientos eran impulsivos y torpes como los de un hombre que ha vivido largo tiempo por instinto y sin embargo ha llegado por fin a desconfiar del instinto igual que ha llegado a desconfiar de su capacidad de juicio, hasta de la idea que tiene de sí mismo. Incluso mientras papá me besaba, bruscamente, con un poco más de fuerza de la debida, un beso que él se proponía que yo no olvidara pronto, me estaba apartando de él porque había surgido entre los dos una avalancha de sangre caliente.
– Buenas noches, Gatita.
No era «adiós» lo que estaba diciendo, sino «buenas noches». Aquello fue crucial para mí.
No parecía que lloviera con fuerza, pero tan pronto como me apeé de su coche y eché a correr hacia la casa, comenzó una lluvia helada que me acribilló. Una increíble ráfaga de hojas mojadas se me echó encima. Corrí torpemente con la cabeza baja, me había quedado sin aliento pero sentía ganas de reír, muy consciente de mi torpeza, la mochila sujeta con una mano y golpeándome las piernas, casi poniéndome la zancadilla. Me parecía horrible pensar que mi padre pudiera estar mirándome. A mitad de camino me volví para ver -como de algún modo sabía que iba a ver- las luces traseras rojas del coche de mi padre desapareciendo en la niebla.
– ¡Papá! ¡Buenas noches!
Cualquiera pensaría ¡Pero se lo había prometido! Había prometido que esperaría hasta que estuviera sana y salva dentro de casa.
Cualquiera pensaría que me sentí decepcionada, herida. Y que ni siquiera me sorprendían la decepción y el dolor. Pero se equivocarían, porque nunca he sido una hija que juzgara a su padre, que había sido juzgado por otros con tanta dureza y crueldad y tan injustamente; y que nunca
