– Querrá saber la dirección y el teléfono -dijo-. Es Elaine Boldt. Tiene un piso en una comunidad de propietarios de Vía Madrina y esto de aquí abajo es su dirección de Florida. Pasa en Boca varios meses al año.

Me sentía un tanto desconcertada, pero tomé nota de las dos direcciones mientras ella sacaba del sobre blanco un documento de aspecto legal. Lo observó por encima, como si el contenido hubiera podido cambiar desde la última vez que le echara el ojo.

– ¿Cuánto hace que falta? -pregunté.

Beverly Danziger me miró con incomodidad.

– Bueno, la verdad es que no sé si «falta». Pero ocurre que no sé dónde está y tiene que firmarme estos papeles. Sé que parece una tontería. Sólo tiene derecho a un nueve por ciento y es probable que no obtenga más de dos o tres mil dólares, pero el dinero no se podrá repartir mientras no haya firmado ante notario. Mire, véalo usted misma.

Cogí el documento y lo leí. Lo había redactado un bufete de Columbus, Ohio, y estaba lleno de considerandos, precedentes, consiguientes, resultandos y toda la pesca, todo ello relacionado con el fallecimiento de un hombre llamado Sidney Rowan y con las personas allí citadas, que al parecer tenían derecho a una parte de los bienes del difunto. Beverly Danziger era la tercera heredera que figuraba en la lista, con una dirección de Los Ángeles, y Elaine Boldt la cuarta, con una dirección de Santa Teresa.

– Sidney Rowan era un primo lejano -prosiguió mi interlocutora con espíritu locuaz-. No recuerdo haberlo conocido en vida, pero recibí esta notificación y supongo que Elaine recibió otra. Firmé el documento ante notario, lo envié por correo y me olvidé de él. Por la carta adjunta podrá ver que los trámites tuvieron lugar hace seis meses. Pero hete aquí que de pronto, hace una semana, me llama el abogado…, ya no recuerdo su nombre.



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