
Eché un vistazo al documento.
– Wender -dije.
– Eso mismo. No sé por qué se me olvida. Bueno, me llamaron del despacho del señor Wender para decirme que no sabían nada de Elaine. Supuse, naturalmente, que se había ido a Florida, como de costumbre, sin dejar ninguna dirección para enviarle el correo, así que me puse en contacto con la administradora del piso que tiene aquí. Hace meses que no sabe nada de Elaine. Bueno, al principio sí, pero no en los últimos tiempos.
– ¿Ha llamado al número de Florida?
– Según tengo entendido, el abogado llamó varias veces. Elaine, por lo visto, vivía con una amiga y el señor Wender le dejó su nombre y su número de teléfono, pero no hubo contestación. Tillie no tuvo mejor suerte.
– ¿Tillie?
– La administradora del edificio de Santa Teresa, donde está el domicilio habitual de Elaine. Le envía, el correo que recibe ésta y, según me ha dicho, Elaine le escribe unas palabras casi cada semana, pero desde marzo no ha recibido nada. Yo creo, francamente, que la cosa no pasa de ser una tontería, pero no tengo tiempo para localizarla por mi cuenta. -Dio una calada final al cigarrillo y lo apagó con una serie de golpecitos. Yo seguía tomando notas, pero imagino que tenía que notarse mi cara de escepticismo-. ¿Qué ocurre? ¿No suele hacer trabajos de esta clase?
– Claro que sí, pero cobro treinta dólares por hora más los gastos. Y si no hay más que dos o tres mil dólares por medio, no sé si vale la pena. Lo digo por usted.
– Mire, tengo intención de reclamar el dinero que invierta en buscarla y de que me lo paguen de la parte que corresponde a Elaine, ya que es ella la causa de todo este lío. Mientras no obtengamos su firma, todos los trámites estarán paralizados. Debo añadir que es así como se ha comportado siempre.
– ¿Quiere decir que voy a tener que tomar el avión de Florida para ir en su busca? Aunque sólo le cobrase la mitad de mis honorarios normales cuando viajo, le costaría una fortuna. Yo creo, señora Danziger…
