
– Beverly, por favor.
– Como quiera, Beverly. No quiero desanimarla, pero creo sinceramente que este trabajo podría hacerlo usted misma. Incluso le detallaría con gusto algunos métodos de actuación.
Me sonrió en aquel punto, aunque con un rictus de dureza, y acabé por comprender que estaba acostumbrada a salirse con la suya. Había dilatado los ojos, azules e inflexibles como el cristal, y me observaba con fijeza. Sus pestañas negras se abrían y cerraban mecánicamente.
– Elaine y yo no nos llevamos bien -dijo con voz fluida-. En mi opinión, ya he dedicado demasiado tiempo a este asunto, pero prometí al señor Wender que la encontraría para que pudiera procederse al reparto de la herencia. Los otros herederos le presionan y él me presiona a mí. Le puedo dar un anticipo, si usted quiere.
Se puso a rebuscar nuevamente en el bolso y esta vez sacó un talonario de cheques. Desenroscó la capucha de la pluma de madera y se quedó mirándome.
– ¿Bastará con setecientos cincuenta dólares? -dijo.
Abrí el cajón de la mesa.
– Voy a redactar un contrato.
Ingresé el cheque en el banco, saqué el coche del parking que hay detrás del despacho y me dirigí al piso que Elaine Boldt tenía en Vía Madrina. No estaba lejos del centro.
Imaginaba que iba a ser un trabajo rutinario que solucionaría en un par de días y pensaba con dolor que terminaría devolviendo la mitad del dinero que acababa de ingresar. Aunque por el momento no es que estuviera haciendo mucho; estas cosas suelen ser lentas.
El barrio en que vivía Elaine Boldt constaba de modestos bungalows de los años treinta y de ocasionales complejos de apartamentos. Dominaban los chalecitos de madera y estuco, pero los solares, uno tras otro, se estaban reconvirtiendo con fines comerciales. Empezaban a trasladarse a la zona los especialistas de la columna vertebral y no pocos dentistas baratos dispuestos a cloroformizar a los pacientes para poder limpiarles la dentadura sin provocar aullidos de dolor, prótesis DENTALES EN EL ACTO.
