
Llegué al domicilio de la señora Boldt, estacioné enfrente el coche, cerré con llave y empleé unos minutos en inspeccionar el lugar. Era realmente curioso. El edificio tenía forma de herradura y las dos anchas extremidades se prolongaban hasta la calzada; tres pisos, garaje en el sótano, una extraña mezcla de modernidad y estilo español de pega. En la fachada había arcos y balcones, y puertas altas de hierro forjado que comunicaban con un patio lleno de palmeras, pero los laterales y la fachada trasera eran insípidos y carecían de adornos, como si el arquitecto hubiera dado una mano colonial a un tablón de conglomerado y hubiera puesto encima una fila de tejas para sugerir un tejado donde no lo había. Hasta las palmeras parecían recortes de cartón sostenidos por palos.
Crucé el patio y me encontré en un vestíbulo con mucho vidrio y, a la derecha, una fila de buzones y timbres. A mi izquierda, a través de una sucesión de puertas de vidrio, cerradas al parecer, vi la puerta del ascensor y una salida que comunicaba con la escalera de incendios.
