El servicio militar parecía una buena alternativa para él. Era un jinete excelente y bastante bueno tanto con la espada como con las armas de fuego. Corrió algunos riesgos que sabía que debería haber evitado, pero en medio de los horrores de la guerra, se hizo evidente que posiblemente no había modo de que pudiera sobrevivir a la carnicería. Y si por un giro del destino lograba salir del conflicto con el cuerpo intacto, sabía que su alma no tendría tanta suerte.

Pasaron cuatro años, y John sorprendentemente seguía esquivando la muerte. Y entonces, recibió una bala en la rodilla y se encontró en un barco de regreso a Inglaterra. Inglaterra dulce, verde y pacífica. De alguna manera no le parecía verdadera. El tiempo pasó rápidamente mientras su pierna sanaba, pero la verdad era que recordaba muy poco de la convalecencia. Se pasó la mayor parte del tiempo borracho, incapaz de hacerse a la idea de ser un lisiado.

Entonces, y para su sorpresa, se le otorgó el titulo de barón por su valor; una ironía después de todos aquellos años en que su familia le recordaba que no era un lord. Fue un momento decisivo para él, y comprendió que ahora tenía algo sustancial que dejar a una futura generación. Con una renovada sensación de que su vida tenía una finalidad, decidió encarrilarla.

Cuatro años después de alistarse cojeaba, pero al menos lo hacía en su propio país. El final de la guerra había llegado para él un poco antes de lo esperado, así que había vendido su comisión y con el dinero obtenido comenzó a invertir. Sus inversiones resultaron ser sumamente provechosas, y después de tan sólo cinco años, había reunido dinero suficiente para comprar una pequeña propiedad en el campo.



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